Volver a la normalidad

Un club normal. Dudo mucho de que, a estas alturas de la película, el aficionado más exigente de la grada de Mestalla pida mucho más que eso. Tras haber vivido durante las últimas temporadas dentro de una coctelera permanentemente agitada, el valencianismo gateaba desesperado hacia la salida del túnel en búsqueda de la ansiada estabilidad social y deportiva que tanto se ha venido echando en falta en la Avenida de Suecia en estos últimos tiempos. La atmósfera de Limes y Layhoones se hacía ya irrespirable como un aula de bachillerato a las dos de la tarde de un día de junio. Con la ya cansina cantinela del supuestamente desmesurado nivel de exigencia de la afición che sobrevolando la escena,
Camisetas oficiales, equipaciones completas, botas de fútbol, chandals, sudaderas y chaquetas. la respuesta del equipo durante las últimas campañas ha distado mucho de ser la mínimamente aceptable. Jugadores sin compromiso deambulando por la plantilla como quien se apea en una estación de paso a estirar las piernas, entrenadores viciados y una sensación de estar por estar, sin plantearse objetivos y simplemente dejando fluir el paso del tiempo mientras intenta mantenerse a salvo de los guantazos que de vez en cuando te da la vida.
Un equipo serio, un equipo reconocible. Unos jugadores que dignifiquen a la institución y que sean capaces de ejercer la representación de los aficionados sobre el césped sin forzar situaciones vergonzantes. Defendiendo con un mínimo orden, inyectando una cierta dosis de ritmo a la pelota y mordiendo en ataque, como cualquier equipito que se precie y que sea capaz de manejar su ambición. Tampoco creo que se pidiera mucho más y tampoco mucho más fue lo que ofreció el primer Valencia presentado por Marcelino el pasado viernes en el primer partido de Liga. Se ganó (1-0) a la Unión Deportiva sin brillantez, con practicidad y con un cierto aire cicatero en la propuesta. Sin embargo, cuando uno viene de tan abajo, cualquier mínimo atisbo de recuperación de la propia identidad es recibido con alborozo y esperanza. Saber, al menos, lo que uno quiere llegar a ser no es un mal comienzo.
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Siempre he observado al Valencia desde la lejanía como quien observa al kiosquero que le vende el periódico o al camarero que le sirve el café cada mañana. Sabes que están ahí y que siempre van a estar como parte del decorado, pero tampoco sabes mucho más de ellos como para profundizar en juicios de valor sobre sus vidas y sus quehaceres. Crees que lo conoces, pero en realidad no. Por eso creo que no debo de atreverme a evaluar la actitud de sus militantes más fieles. Si quieren exigir, que exijan. Están en su derecho y nadie mejor que ellos puede saber lo que más le conviene a su equipo. A mí me vale con ver a un Valencia sano, competitivo y jodón dando lustre al campeonato.