Desubicado

No fue, el de la ida de la Supercopa, un Barça bochornoso, por mucho que de la lectura del resultado y del posterior hervor implacable de las redes sociales pudiera entenderse lo contrario. No fue para tanto. Ocurrió, simplemente, que el Madrid fue mejor y, sobre todo, más efectivo. Golpeó con mayor contundencia y se mostró más desmesurado en sus intenciones contra la portería rival. Más o menos lo que se prevé y se espera de un equipo serio, rodado, trabajado y con sus constantes estables. Cuando un equipo de fútbol aúna talento individual como para exportar y un aprendizaje exhaustivo de los más básicos automatismos que deben gestionar su funcionamiento colectivo, puede decirse que ha alcanzado su punto culminante. Y en ese cúlmen, bordeando la sublimación de su rendimiento, parece encontrarse este Real Madrid del tercer curso de Zidane. Bonito, vistoso, exhuberante e implacable. Un equipo que lo tiene todo y al que le sale todo. Un equipo hecho. Justo en las antípodas de lo que es, a día de hoy, el FC Barcelona de Ernesto Valverde.
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El técnico extremeño tomó la decisión de afrontar la que quizá sea la misión más complicada de su carrera deportiva en un momento delicado para el barcelonismo. Que, de un tiempo a estos días, el agua en Can Barça baja turbia es una realidad que nadie medianamente puesto en la actualidad futbolística desconocía. En pleno cambio de ciclo deportivo, con jugadores capitales embocando la inevitable cuesta abajo, con la abrupta salida de un jugador franquicia que estaba llamado a liderar proyectos inmediatos y todo bajo el manto de una junta directiva que parece incapaz de reaccionar con la debida celeridad ante el cariz que empiezan a tomar los acontecimientos, el escenario sobre el que ha aterrizado Valverde no anima precisamente a ser entusiasta con su futuro inmediato. Su distancia con el Real Madrid es, en estos momentos, inasumible. Mucho mayor de la que el aficionado culé puede llegar a tolerar. Además, con el club obligado a apagar primero los fuegos surgidos intramuros antes de ocuparse de las batallas extramuros, no parece que el rumbo tomado por la ejecutiva azulgrana suscite muchas esperanzas entre el graderío. El golpe que supuso la intempestiva e inesperada salida de Neymar para una junta directiva ya demasiado desgastada parece haber reducido aún más su, hasta la fecha, limitada capacidad de gestión. Tal es la situación y la sensación de zozobra en la dirección técnica que cualquiera podría pensar que mañana podrían ser presentados en el Camp Nou Philippe Christanval o Dragan Ciric como fichajes de última hora para tratar de reflotar el proyecto.
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Veo a Valverde en sala de prensa. Lo observo con esa mirada de ceño fruncido tan suya, como escudriñando cada palabra de las preguntas y meditando todos los posibles sentidos de sus respuestas. Y lo veo en un mundo que quiero creer que no es el suyo. En un mundo alejado de lo que ha estado acostumbrado a vivir, en un mundo de imposiciones e hiperanalizado hasta el extremo y en el que, mucho me temo, le va a costar mucho ser quien realmente es y volver a encontrarse a sí mismo.

Volver a la normalidad

Un club normal. Dudo mucho de que, a estas alturas de la película, el aficionado más exigente de la grada de Mestalla pida mucho más que eso. Tras haber vivido durante las últimas temporadas dentro de una coctelera permanentemente agitada, el valencianismo gateaba desesperado hacia la salida del túnel en búsqueda de la ansiada estabilidad social y deportiva que tanto se ha venido echando en falta en la Avenida de Suecia en estos últimos tiempos. La atmósfera de Limes y Layhoones se hacía ya irrespirable como un aula de bachillerato a las dos de la tarde de un día de junio. Con la ya cansina cantinela del supuestamente desmesurado nivel de exigencia de la afición che sobrevolando la escena,
Camisetas oficiales, equipaciones completas, botas de fútbol, chandals, sudaderas y chaquetas. la respuesta del equipo durante las últimas campañas ha distado mucho de ser la mínimamente aceptable. Jugadores sin compromiso deambulando por la plantilla como quien se apea en una estación de paso a estirar las piernas, entrenadores viciados y una sensación de estar por estar, sin plantearse objetivos y simplemente dejando fluir el paso del tiempo mientras intenta mantenerse a salvo de los guantazos que de vez en cuando te da la vida.
Un equipo serio, un equipo reconocible. Unos jugadores que dignifiquen a la institución y que sean capaces de ejercer la representación de los aficionados sobre el césped sin forzar situaciones vergonzantes. Defendiendo con un mínimo orden, inyectando una cierta dosis de ritmo a la pelota y mordiendo en ataque, como cualquier equipito que se precie y que sea capaz de manejar su ambición. Tampoco creo que se pidiera mucho más y tampoco mucho más fue lo que ofreció el primer Valencia presentado por Marcelino el pasado viernes en el primer partido de Liga. Se ganó (1-0) a la Unión Deportiva sin brillantez, con practicidad y con un cierto aire cicatero en la propuesta. Sin embargo, cuando uno viene de tan abajo, cualquier mínimo atisbo de recuperación de la propia identidad es recibido con alborozo y esperanza. Saber, al menos, lo que uno quiere llegar a ser no es un mal comienzo.
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Siempre he observado al Valencia desde la lejanía como quien observa al kiosquero que le vende el periódico o al camarero que le sirve el café cada mañana. Sabes que están ahí y que siempre van a estar como parte del decorado, pero tampoco sabes mucho más de ellos como para profundizar en juicios de valor sobre sus vidas y sus quehaceres. Crees que lo conoces, pero en realidad no. Por eso creo que no debo de atreverme a evaluar la actitud de sus militantes más fieles. Si quieren exigir, que exijan. Están en su derecho y nadie mejor que ellos puede saber lo que más le conviene a su equipo. A mí me vale con ver a un Valencia sano, competitivo y jodón dando lustre al campeonato.

Enfrentar al Madrid en su Tierra parte 12

Extremadamente decepcionante el PSG y Unai Emery, en la línea de lo que comentaba días anteriores David León en Twitter. Sin quitarle mérito al Madrid -como dice el texto, es muy reseñable que una versión tan “básica” del equipo pueda competir contra cualquiera- en los franceses vi a un equipo partido, dependiente de que Neymar y Mbappé desbordasen y generasen ocasiones a 40 metros de portería, con agujeros en la plantilla inverosímiles con respecto a la inversión (Yuri, Kimpembe, Lo Celso de MC o Areola) y una dirección de campo muy cuestionable. Que Di María no jugase ni un minuto es otro expediente X. 
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Me recordó al Barcelona del año pasado, que dependía de una genialidad de Messi o de que Ney generase recibiendo en campo propio. La diferencia: que es una plantilla muy inferior a la de los culés y que su vena competitiva está a años luz. Salvo Alves -tuvo momentos de grandeza- Ney, que pese a que ayer estuvo algo nervioso, siempre lo intenta y no se esconde y Marquinhos, el resto volvieron a pecar de ser unos “pardillos”. El mismo equipo, con el mismo entrenador, que el año pasado “regaló” la clasificación al FCB, ayer comete un penalti absurdo y protagoniza varios fallos en salida de balón que evidencian un nerviosismo y una falta de confianza impropias de un aspirante al título.
Cómo reflexión personal se me ocurre volver a incidir en que el fútbol es un espectáculo totalmente ligado a la pasión. Estando de acuerdo en que el de ayer es uno de los cinco o seis enfrentamientos europeos en el que se puede ver mas calidad en el campo, el hecho de que sean dos equipos a los que no estoy vinculado emocionalmente me hace “disfrutar” menos. El partido me dejó un poco frío, la verdad. Constantemente veía mas los errores que los aciertos y ayer me pareció mas un partido de errores que de aciertos. Estoy seguro que es un “problema” mío. 
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Dos apuntes, uno de cada equipo. 
Sólo he visto a una persona en este hilo nombrar la palabra suerte. A Abel, en varios análisis de partidos del Real Madrid últimamente, si le había notado que usaba esa palabra. Y me parece que ayer el Madrid tuvo ese plus que es tan importante en un juego de aciertos y errores. 

Y sobre el PSG, qué importante es una figura que de equilibrio en el medio campo. Un Busquets, un Fernandinho, hasta un Casemiro, si quieres. Cuando tienes tanta calidad arriba y juegas con tres delanteros tan bestiales, (los tridentes de esta segunda década del milenio como paradigma) que necesario es jugador que vuelque el campo. Y Lo Celso, seguro que un jugador buenísimo, ayer no sólo no lo consiguió, si no que tuvo el efecto contrario. Hasta el punto de añorar a Motta. 

Finalmente un pronóstico. Antes de esta eliminatoria pensaba que el entrenador perdedor no comenzaría el nuevo curso en el banquillo de su equipo. Ahora pienso que da igual. Me parece que tanto Emery como Zidane (salvo que alguno de los dos gane la UCL) no seguirán el año que viene. Seguro que me equivoco, como siempre, pero huelen a dos equipos que necesitan algo más y el eslabón más débil siempre es el entrenador a la hora de cambiar cosas, porque es innegable que son dos plantillones.